Logroño, qué sencillo eres, qué campechano, qué poco ahogas, qué poca prisa nos metes. Sin laberintos, ni sombríos atajos, ni madriguera de salteadores, vives y dejas vivir.

Logroño, qué sencillo eres, qué campechano, qué poco ahogas, qué poca prisa nos metes. Sin laberintos, ni sombríos atajos, ni madriguera de salteadores, vives y dejas vivir.