Era la hora azul, y la luz del atardecer caía sobre la Plaza de las Tendillas como un susurro. Se habían encendido las farolas y el aire se había vuelto dorado, como si la ciudad quisiera posar para las miradas de la gente.

Era la hora azul, y la luz del atardecer caía sobre la Plaza de las Tendillas como un susurro. Se habían encendido las farolas y el aire se había vuelto dorado, como si la ciudad quisiera posar para las miradas de la gente.