La sensación en el OAKA de Atenas, nada más terminar la semifinal que llevaba al Real Madrid a su cuarta final de Euroliga en los últimos cinco años, no era de euforia. Era algo más bien agridulce, de celebración apagada.

La sensación en el OAKA de Atenas, nada más terminar la semifinal que llevaba al Real Madrid a su cuarta final de Euroliga en los últimos cinco años, no era de euforia. Era algo más bien agridulce, de celebración apagada.