A la hora acostumbrada, el Sr. Quintano entró con su abrigo de flâneur melancólico miserere y su barba de mendigo de la corte de los milagros, y se puso las gafas de miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes ya desmoronados para pasear por el trastero en busca de alguna novedad.
