La verja permanecía cerrada tantas décadas que ella misma había olvidado el color de su hierro. La hiedra la abrazaba y cubría unos arabescos que doña Elvira todavía contemplaba, en su alejada casa vecina, desde la ventana de su salón.
La verja permanecía cerrada tantas décadas que ella misma había olvidado el color de su hierro. La hiedra la abrazaba y cubría unos arabescos que doña Elvira todavía contemplaba, en su alejada casa vecina, desde la ventana de su salón.